Las neurociencias: ¿estrellas o espejitos de colores?

Por Eric Sigwald para La Tinta.


Ya estamos bastante acostumbrados a Facundo Manes. Tanto la prensa oficialista como la opositora, se han encargado de publicitarlo hasta convertirlo en el neurocientífico “de moda”. Sus libros son éxito de ventas incluso antes de que los publique. Y en ellos, Manes, dando cuenta de una megalomanía asombrosa, define y cataloga a la sociedad argentina y nos da consejos de cómo vivir mejor en base a un supuesto conocimiento científico del cerebro. Pareciera que el neurocirujano conoce tan bien la biología cerebral que puede describir relaciones causales unívocas entre la activación de áreas cerebrales, el comportamiento de una sociedad entera y la felicidad.

Sin embargo, el problema no reside en que Manes escriba libros de autoayuda o que intente un rudimentario análisis sociológico. El problema es que lo haga como “neurocientífico”, amparándose en la gran popularidad que han logrado las neurociencias en los últimos años. Y no es algo que sólo esté haciendo Manes: basta con ir a cualquier librería y recorrer la vidriera para darse cuenta de la enorme variedad de libros con la palabra “cerebro” o “neurociencia” que hay. Y todos se basan en la promesa de que aprender sobre el cerebro nos va a resolver todos los problemas que tenemos como sociedad (por ejemplo, la pobreza) o como individuos (por ejemplo, la infelicidad). Mucha gente cree que esa promesa se parece mucho a la promesa de las neurociencias. Y es cierto que uno de sus principales pilares es la creencia de que conociendo el cerebro, podremos conocer la naturaleza misma del conocimiento, la conciencia o las emociones, tal como ha afirmado Patricia Churchland. Por esta razón y a raíz de la inconsistencia e inutilidad de la información proveniente de la Neurociencia, muchos neurocientíficos, psiquiatras, empresarios, etc. comienzan a cuestionar los argumentos básicos de esta disciplina.


Antes de seguir, es importante hacer explícito que esta reflexión tiene un punto de partida y una intención, que básicamente es intentar separar el discurso científico del mercantilista. Después en todo caso, ver qué queda, qué se puede rescatar y qué no. Es importante aclararlo porque si alguien quiere destruir las neurociencias, o plantear problemas epistemológicos, tiene que buscar más profundo y tiene que conocer los matices que existen al interior de estas disciplinas. No tiene sentido argumentar en contra de todo conocimiento neurocientífico por dos razones: la primera es porque se ocultan conocimientos útiles derivados de una gran cantidad de líneas teóricas y discusiones que hay al interior de las disciplinas, y por ende el argumento se vuelve extremista y maniqueísta; y la segunda es que no genera conversación entre las disciplinas y por eso no cambia nada, ni ayuda a cambiar el orden de las cosas.


Aquí queremos ofrecer una posición diferente. Creemos que las neurociencias son un conjunto de disciplinas que estudian el cerebro y que, como cualquier ciencia jóven, están plagadas de confusiones, de callejones sin salida y de discusiones. Sin embargo,  poseen un potencial enorme como herramienta para la comprensión del comportamiento animal y humano. Esta comprensión, bien utilizada, puede contribuir a la liberación y al mejoramiento de la calidad de vida. Pero también, como tantas veces ha sucedido en la historia humana, puede ser utilizado para los fines contrarios: la dominación. 

Para ilustrarlo, puede verse el caso de los psicofármacos. Algunas veces son recetados por un especialista serio ante una dolencia psíquica concreta (que necesariamente debe estar bien diagnosticada). Con el acompañamiento psicoterapéutico adecuado, pueden resultar de gran ayuda para aliviar el sufrimiento que es común a muchas enfermedades mentales. Sin embargo, esta situación ideal no es lo más frecuente. En la práctica, se recetan psicofármacos sin ningún tipo de supervisión, sin acompañamiento y por lo general, la dolencia está mal diagnosticada o sobrediagnosticada (como en el tristemente célebre caso del trastorno por déficit atencional). Es relativamente común ir a un psiquiatra y en la primer consulta salir con una receta de benzodiacepinas (siendo Argentina uno de los mayores consumidores de estos fármacos). Esto sumado a la hiperinflación diagnóstica que en salud mental parece ser tendencia, puede ser altamente perjudicial.

La forma de divulgación que podemos ver en la mayoría de los autores “neuro” contribuye a la dominación. No sólo contribuye, sino que reproduce un discurso de dominación. Y esto es así porque la metáfora de la “hombre/mujer-máquina” es tan fuerte que amenaza con reducir todo lo humano a eventos dentro y entre neuronas. Así, es común en este ámbito, hablar de “cerebros” suplantando al término “personas”, y adscribiendo al cerebro las mismas propiedades volitivas de la persona. Entonces, el cerebro decide, el cerebro piensa, el cerebro aprende, etc etc. De esta manera, es fácil quitarnos la responsabilidad de que haya pobreza, infelicidad, depresión, etc.

Por ejemplo, se parte de la premisa de que la pobreza produce cambios y retrasos en el desarrollo del cerebro, pero si hay estimulación temprana estos retrasos se pueden prevenir. Por ende se llega a la conclusión de que la forma de combatir la pobreza es mediante la estimulación temprana adecuada. Así, el niño va a seguir creciendo en condiciones de vulnerabilidad, pero va a rendir mejor en la escuela y le va a ir mejor en las pruebas PISA, que en última instancia es lo que le importa al poder de turno. Se analizan las consecuencias en vez de las causas de la pobreza, porque, claro, es mucho más fácil darles la responsabilidad a los padres y docentes de estimular a los niños en vez de generar una democratización de la riqueza y el conocimiento, mucho menos cambiar el modelo socioeconómico.  Puede servir saber algo del cerebro y podrían buscarse ahí marcas biológicas de la depresión, el estrés, la pobreza o el fracaso escolar, pero no alcanza eso para entender lo que pasa y dar una solución efectiva al problema. No alcanza, eso es lo único que tenemos para decir. 

Esta es la expectativa que se sostiene desde las neurociencias. Sin embargo, aunque se trabaja para eso, no es lo que se está consiguiendo. En algunos ámbitos donde se utilizan o se empiezan a utilizar los conocimientos de las neurociencias, como la psiquiatría y la educación, crecen las voces que denuncian la inutilidad y/o inaplicabilidad de los conocimientos neurocientíficos. Si vamos a sostener las expectativas sobre el trabajo en neurociencias, debemos reflexionar sobre la manera en que llegamos a este punto y encontrar nuevos caminos para explorar la promesa. No nos referimos a nuevos ámbitos de aplicación (como la educación), sino a nuevas formas de pensar el cerebro en relación con el cuerpo y el medio.

La neurociencia amenaza con convertirse en un credo. Y un credo peligroso, dado que a muchos estadistas e instituciones les viene como anillo al dedo el discurso reduccionista que reproducen. Sin embargo, en la medida en que nos informemos correcta y cautelosamente de lo que creemos conocer del cerebro, y en la medida en que eduquemos en una postura crítica frente a la construcción del conocimiento, podremos contribuir a una ciencia del cerebro que complemente y no invada o invalide otros conocimientos y disciplinas sobre lo humano. Creemos que es responsabilidad de los propios neurocientíficos mantener una postura crítica sobre el propio discurso y correrse del pedestal en el que la propia sociedad los pone.

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