Los días del Anti-Discurso.

Por Manuel Figueroa, Leonardo Miño y Facundo Ortega.


El anti-discurso ¿la solución a la paradoja?

En la totalidad de los seres, el discurso ha imperado, ha determinado la subjetividad. Siempre que hablamos de discurso, hablamos de poder normativo y categorizante, en tanto también una fuerza social.

En la lucha por la deconstrucción de los discursos legitimados, es planteado como alegato, por parte de los poderosos, el anti-discurso: una lucha contra discursiva, banal, sin límites claros, aparentemente sin objetivos políticos, con un panorama enturbiado  y lleno de sombras; y se ofrece como solución a las paradojas evidenciadas por la lucha deconstructiva.

La paradoja se encuentra en una hermenéutica constante, en donde empujan poco lo argumentos en contra y a favor, y sólo parece importar el actuar porque si, un carpe-diem vistoso y actualizado.

Este actuar porque si -actuar pulsional- es la causa natural de todo ser humano, que incluso se asemeja al comportamiento innato de las especies. Claro está, que las especies poseen un actuar porque si poco ambivalente. El argumento no resulta peligroso, porque entender este principio del comportamiento humano sería una de las formas de cura de las pasiones más enclaustradas en lo profundo del ser corporal, del ser somático.

El problema es que el poder, haciéndose partícipe y poniéndose en el lugar del amo de la verdad, transformó la causa de todo presupuesto del ser en “causado por el sin sentido”, y el discurso del poderoso se apoderó de ese sin sentido. “¿Por qué? No hay porqué”. Ese no hay porqué en realidad es una gran explicación del acontecer psíquico de todos los seres, en términos de que escapa a la racionalidad y a la lógica temporoespacial, pero a ese no hay porqué, el discurso lo transformó en paradoja de donde la pregunta por el porqué se encuentra bastardeada desde sus principios ontológicos.

La pregunta por el porqué, tan problemática desde los albores de la civilización es una gran forma de guiar ciertas circunstancias de vivencia que encarnan un destino posible. Esta pregunta siempre indignó al poder y sus respuestas fueron siempre las represivas: Porque sí.

Hoy el antibiótico de esta pregunta, y de estos albores deconstructivos, es el anti-discurso, los enredos conceptuales, que en el sin sentido embarca hacia un suicidio dialéctico a grandes rasgos, hacia la alienación del ser discursivo, y por ende, la alienación de las subjetividades enredadas en la misma paradoja.

No nos es lícito hablar de la psicopatologización de los individuos, pero sí podemos referirnos a la psicopatologización de los discursos, ellos si son los verdaderos enfermos.

Más que enfermos, son los paradojales virus que infectan toda razón de ser. Con un nihilismo sombrío sobre lo que hoy se dice tratamos de demostrar el dolor que sentimos los excluidos de toda posibilidad de estar sumergidos en ese discurso normativizado, un propio reflejo dentro de los difíciles estándares de la normativa estructura.

¿Cómo pensarnos en la estructura? ¿es esa la pregunta?

¿Cómo pensarnos fuera de la estructura? ¿es esa la respuesta?

En realidad el estar dentro o fuera es uno de los tantos enredos conceptuales que afectan la salud mental de las personas. Entender la cuestión a partir de un binarismo simplista nos omite de dialécticas tensiones, y no nos permite pensar en las orillas.

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Sobre la categorización de lxs sujetxs.

¿Es la categorización y la pertenencia/no-pertenencia la mejor manera de entender al ser? No nos sirve a modo descriptivo, pues reduce una infinidad de posibilidades del ser a simples categorías de estructuras, ni nos sirve a modo explicativo, pues reduce explicaciones complejas de los aconteceres de la vida a causas simples y trilladas.

Y no solo eso. La categorización opera como un sistema de inclusión-exclusión. Podemos categorizar rocas, podemos categorizar tipos de automóviles, podemos establecer una clasificación de los árboles presentes en un bosque nativo, e incluso clasificar los países del mundo en base a qué continente pertenecen. Sin embargo, no podemos categorizar al ser humano, y mucho menos categorizar su subjetividad.

Por un lado, la categorización del sujeto implica asignarle un ser-ésto, y por ende, un no-ser-otra-cosa. Si sos hombre, no sos mujer. Si estás vivo, no estás muerto. Si sos argentino, no sos ni italiano ni egipcio. Si sos clase baja, no sos clase alta -y no vas a tener acceso a las libertades de esa clase, tu categoría social no lo permite-. La clasificación implica ordenamiento, pero un ordenamiento impuesto por los “dueños del discurso” y una asignación de posibilidades, libertades, derechos y obligaciones, puesta por estos poderosos. Las categorías a las que pertenecen los poderosos, las categorías privilegiadas dentro de esta taxonomía social, presentan posibilidades y beneficios a las que las categorías no-privilegiadas no podrán acceder.

En una lógica de la deconstrucción de estas categorías impuestas, el ser privilegiado ofrece resistencias. Los dueños del discurso plantean la lucha contra-discursiva, aprovechan lo que les es extraño y lo catalogan de sin sentido, lo excluyen de sus categorías. Legitiman el discurso basándose en el porque-sí, y emprenden una respuesta enmarcada en la opinión para destruir a esos quién-se-creen-que-son (pues cómo van a acceder a sus privilegios).

Son dueños del discurso en días del anti-discurso, son dueños de la comunicación, son dueños de la opinión. No son los dueños de la verdad, son los dueños de la posverdad.

 

Sepultando la estructura.

La cura para esta psicopatología social está en poder sepultar la estructura.

Es causante de padecer el pertenecer a las categorías no-privilegiadas: los pobres, los negros, las mujeres, los locos, los condenados. Pero aún más causante de padecer es la no-pertenencia.

¿Qué pasa con las subjetividades de las personas que sólo se encuentran en la categoría de persona? ¿Que no están dentro de, por ejemplo, el ser-mujer o el ser-hombre? ¿Qué pasa con lxs que reinvindican el derecho a ser un monstruo, ni varón, ni mujer, ni xxy ni H2O?

Las categorías responden, al menos superficialmente, a rasgos visibles, percibibles. Lxs que no están por dentro se sitúan por fuera, están en la no-categoría. Y en una sociedad donde los amos del discurso nos enseñaron a ver todo a partir de las mismas, los que no las tienen son invisibles.

La cura social no se encuentra en poder crear nuevas categorías que incluyan a lxs excluidxs. La creación de nuevas categorías implicaría necesariamente una complejización dentro del simplismo, en lugar de plantear lo complejo e incategorizable de la subjetividad desde la raíz.

Es necesaria la deconstrucción para ponerle un punto final al discurso impuesto por los dueños del discurso. Y contrarrestar el anti-discurso otorgándole al sin-sentido el sentido que merece: El sentido del sentir, el sentimiento como guía, las pasiones como fundamento del ser para concluír el disciplinamiento de los cuerpos.


Fuente de la imagen.

 

 

 

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