El psicoanálisis y un mundo híper-conectado.

Por Milena Soria.

Ensayo ganador del Concurso de Ensayos de la cátedra de Psicoanálisis, UNC.


Opté emprender este ensayo posicionándome desde el lugar en la cual mi corta experiencia me permite involucrarme, por ende remite a interrogantes de diferente índole, buscando trasmitir al lector mi deseo por el psicoanálisis y como el mismo puede llegar a actuar frente a distintas situaciones de la vida cotidiana en la cual estamos inmersos.

Como bien sabemos; el mundo actual está introducido en infinidades de cuestiones, pero ahora me referiré solo a algunas de ellas, que me resultan muy relevantes, con ello me refiero primordialmente a la híper-conectividad de nuestra época, el consumo de las nuevas tecnologías, la manera en la cual el sujeto vive conectado permanentemente, a través de distintos medios de comunicación; ya sea internet, radio, tv, etc.

El hombre como tal, cuenta con una certeza y esa certeza es la existencia del discurso, de la palabra, mejor dicho de su palabra y esto es justamente la herramienta fundamental del psicoanálisis, trabajar con la palabra del otro. Pero, con la posmodernidad esta palabra ha sido totalmente transformada y es acá donde surgen mis dudas sobre cómo el psicoanálisis puede llegar a actuar frente a esto.

Cuando hablamos de un mundo “súper conectado” es necesario replantearse, si al mismo tiempo no se desconecta, al haber disponible tanta información, ¿no se desinforma? Con esto me refiero, a que se pierde lo nativo de interactuar con el otro, se transforma el valor de la palabra y al mismo tiempo el valor de la escucha, se podría decir que los medios de comunicación vienen a corroborar en acto algunos axiomas fundamentales de la enseñanza de Lacan, como ser que la comunicación no existe o que la verdad tiene estructura de ficción, de la misma forma corroboran algo sobre lo que se funda la practica psicoanalítica; con la información a la pulsión no le alcanza.

Inclusive es muy notorio, mayormente en los jóvenes, como les resulta más fácil transitar, transmitir e interactuar “a través de” en vez de analizar cara a cara o por medio de un diván en la clínica terapéutica. Afín a esto, introduzco un concepto que es el de “el saber”, antes se decía que este era depositado en los adultos y estaba mediado por esos sujetos, que eran los educadores y los padres; había que ir a buscar ese saber al campo del Otro, había que extraerlo del Otro por vía de la seducción, de la sumisión o del pedido, había cierto goce en esa búsqueda, lo que implicaba una táctica para relacionarnos con el deseo del Otro e incluso con el propio deseo. Pero, en la actualidad ocurre, que ese saber está a simple demanda de google, facebook, twitter y demás, sin ninguna mediación, sin embargo, esta estructura de información masiva, totalizadora y al alcance de cualquiera y en cualquier momento, abarca muchas dimensiones y, si se quiere, áreas del saber. Con esto me inclino a interrogar sobre “el campo de la angustia”, allí en tanto que como sujetos, seres sexuados y mortales, no logran evitar la angustia, aun cuando toneladas de programas, paginas, informes y especialistas les brindan la información de cómo hacerlo.

A raíz de esto, interrogaré si ¿es propicio permitir que el sujeto analizado en medio de la terapia interactué con el analista a través de una pantalla? o por medio de las distintas aplicaciones que se utilizan actualmente, ya sea facebook, whatsapp, entre otras. ¿Cómo logra afrontar el psicoanálisis este interrogante? ¿Qué se le responde a un sujeto que demanda interactuar por medio de una pantalla? ¿Se responde a esa demanda? o ¿se pierde lo esencial del psicoanálisis? Que consiste en el discurso del otro, en la escucha del mismo e interpretación de esa palabra.

Es muy lícito entonces preguntarse ¿cuál es la incidencia del mundo virtual en esos saberes? Por consiguiente también, ¿de qué saberes estamos hablando? ¿Mi saber es el mismo que el saber del otro? ¿Buscamos un mismo saber? Y la pregunta crucial implica ¿Quién es el dueño de ese saber hoy en día? Como ya mencioné antes, en un momento se planteó que ese “saber” era cualidad del analista, tiempo después Freud descubrió y se reformulo que no era así, ese poder de adquirir respuestas a las dudas que uno tiene y que plantea al otro, al plantearlas, al mismo tiempo, también se las está cuestionando. De hecho, Lacan más tarde expresó que cuando uno pregunta ya sabe la respuesta, por eso mismo pregunta. En fin; se llego a una certeza y es que “el saber” deviene por parte del sujeto, pero él no sabe que sabe. ¿Por qué ocurre esto? Ahora es el momento donde entra en juego la represión, y ya como dijo Freud “la represión era una estrategia para hacer inconsciente todo el contenido mental inaceptable. ¿Por qué inaceptable? Por un factor relevante que es la culpa, culpa de un deseo que va en contra de la ley, pero, ¿qué ley? ¿La ley moral? ¿La ley que imprimió el otro y hay que respetar para estar en conciliación con el aparato anímico? Con respecto a esto, mi pregunta es ¿realmente se quiere saber? O es que en realidad siempre estamos dispuestos a ver lo que queremos solamente? Y de esta manera, eliminar del campo consiente eso que no toleramos aceptar.

El analista en estas situaciones podría aspirar a generar que el paciente hable, que ponga en palabras lo que siente, la subjetividad del mismo se plasma a través de la palabra, es decir del lenguaje, ya como decía Freud la palabra cura pero al mismo tiempo enferma. ¿Cómo conlleva esa subjetividad ahora con esta convivencia e incluso con la anulación de la palabra y el discurso por consecuencia de las distintas tecnologías que nos rodean?

Además tengamos presente que, el pensamiento crítico y reflexivo que sustenta la palabra ha sufrido cambios con este abuso de la hiperconexion en la que estamos inmersos, de las ideas, del comportamiento mismo, el sujeto se ve afectado al punto de no conllevar una clara y definida percepción de la realidad, y al mismo tiempo de su mundo simbólico, aparece un reemplazo de lo real por lo simulado, la generación de los modelos, lo que podemos denominar híper-realidad, esto se evidencia claramente en las diferentes redes sociales de esta época.

El sujeto entra en un mundo donde no hay objeto real, sino un flujo de signos que no son considerados solamente medios de comunicación sino que se podría pensar que están destinados a manipular, se podría denominar que estos instrumentos tecnológicos nos brindan un discurso vacio, sin contenido, nos hacen creer y crear una identidad falsa basada en la fantasía, donde el sujeto desea ser lo que la audiencia del otro lado quiera, la belleza se valora con la cantidad de me gusta en una foto, el rol que juega el narcisismo en esa exposición, se pierde la noción de público y privado, se llega a una dependencia insostenible y pérdida de libertad, las diferentes redes sociales brindan a la audiencia una impresión falsa de lo que está sucediendo, solo aparecen con una inyección de información que promueve masa inerte, creando una sociedad donde exista mayor producción de consumidores, de demanda de mercancías. Esto conlleva a una anulación del proceso de la verdad, no hay por lo tanto exigencia critica del mensaje, no hay compromiso político ni histórico y mucho menos social; solamente deviene primordial una cotidianeidad, un presente consumista.

Por consiguiente me es pertinente plantear que este uso excesivo de las diferentes tecnologías genera diferentes brechas, ya sea de índole económica, diferencia de status social, formando desigualdades que llevan a la discriminación y exclusión del otro. La diferencia que radica entre un sujeto que puede acceder al último modelo de un equipo celular frente a otro quien no está en la misma condición. Esto comporta a la marginación, a la expulsión del otro, que generan la construcción de muros ya sea metafóricos y reales entre uno y sus semejantes, se atacan los procesos de filiación y se destruye la posibilidad de generar lazos impidiendo tejer ese entramado social que nos constituye como individuos y nos incluye en el colectivo social, todo esto tiene sus repercusiones; en el mismo sujeto y en la sociedad en la cual está inmerso, las grandes empresas del consumo buscan crecer a costa del mismo, lo utilizan como objeto, como medio para llegar a la meta, su meta; que es producir más y así poder generar un mayor margen de ingresos, que es la representación que mueve el mundo actual, aunque eso tenga el costo de que el sujeto se sienta perturbado por tanta exigencia, tanta demanda que no sabe cómo sobrellevar.

A pesar de esto, creo que, entre el polo de la intimidad de un sujeto y el colectivo social; continúa subsistiendo un espacio intermedio de humanización en el cual el sujeto se construye decidiendo aquellas elecciones identitarias que lo llevan a incluirse en una comunidad. ¿Será en este armazón donde el psicoanálisis sigue teniendo espacio para su que hacer?

Conjuntamente a esto, el analista puede responder siendo fiel a su época, cada época pone en evidencia una modalidad particular de gozar, del modo en que lo hace cada uno en su singularidad. El psicoanálisis debe “adaptarse” a la época sin perder, por eso, la esencia del legado de Freud y Lacan entre otros.

Esta civilización del consumo, de la híper-conectividad ha ido sofisticando los diferentes dispositivos socioculturales, dando lugar a un tipo de sociedad en la que prima la intimidación, la confrontación con el otro, la perdida de inteligencia, convirtiéndonos en una verdadera cultura del malestar atrofiada por los diferentes abusos de consumo.

2 comentarios sobre “El psicoanálisis y un mundo híper-conectado.

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