Las vueltas del resorte: Popurrí de actualidad (vol. I)

Reflexiones semanales sobre los aconteceres cotidianos (y no tanto).

“Idiota” era un insulto utilizado por los griegos para designar a toda persona que sólo se ocupaba de sus asuntos privados sin preocuparse de las cuestiones colectivas. Era uno de sus improperios más graves pues, en aquel tipo de sociedad, era impensado un “yo” si no era viviendo con un “nosotros”. En términos actuales, “idiota” sigue siendo una ofensa, aunque ya sin tanta significación originaria. Tenemos hoy en día otra palabra para definir al viejo “idiota”: el apolítico.

“Apolítico” remite a poder, supuestamente, desvincularnos de la política como realidad en nuestra vida. Por costumbre, unimos “política” y “partido político” en una relación que, insultando a todo registro histórico, se hace pasar por sinónimo. Así, nos llamamos “apolíticxs” cuando no participamos en ciertos partidos o, simplemente, creemos que la vida puede darse al margen de lo que sucede “allá afuera” (un “afuera” que siempre es la problemática realidad con les otres). Lo cierto es que no apoyar a un partido político determinado NO implica ser apolítico (partido político y política no son sinónimos). “Apolítico” es desvincularnos de todo aquello que nos rodea, pensar que el solipsismo es la norma existencial y que el unirse a otres para construir algún sentido comunitario es una opción secundaria en la vida. La “apoliticidad”, parece, un cierto arreglo existencial edificado, en tiempos como estos, para contribuir a subjetividades alienadas, a visiones del futuro donde la competencia aparece como “lo natural”, como si el mundo de la vida se presentara frente a nosotres con la violencia como única forma de vincularnos. Siempre somos con otres, y la apoliticidad, más que un estado natural, supone un decisión secundaria: la pregunta que se abre es, entonces, ¿qué sentidos, paradójicamente, políticos se ocultan cuando se nos hace pensar que ser “políticos” es mal visto?, ¿qué se pierde en lo apolítico… y quién gana también allí?

En nuestro tiempo, el reconocernos como políticos es calumniado, casi como si el terreno de lo social fuera sinónimo de una falta moral: la política como sinónimo de corrupción. El ser apolítico, en cambio, es considerado como una opción prudencial para una normalidad que nos dispone, desde pequeñes, en una propedéutica del mercado laboral. Vivimos, de forma irónica, en una sociedad “idiota”. El entender por qué se juegan éstos sentidos en lo social y el comprender esa fobia hacia la política resulta de suma importancia en tiempos donde todo lo colectivo se traduce como competencia. El fútbol, por ejemplo, permite visibilizar cómo influye ese peligro de la apoliticidad en la construcción de las subjetividades.

Hace cuestión de días Argentina fue eliminada del mundial y, para muchos sectores, esto fue un alivio porque se terminaba “la distracción” del fútbol que empleaba el gobierno nacional para tratar cuestiones sensibles y perjudiciales para la población. Queda siempre latente, en algunas cabezas, la visión del “pan y circo” romano en todo aquello que genere clamor popular (¿no es eso, también, parte de un pensamiento “apolítico”?, ¿qué lugar hay para el disfrute popular si toda alegría comunitaria supone, para ciertas cabezas, un peligro político?,¿qué tipo de sensibilidad se genera si el goce colectivo es considerado como una amenaza?).

Sin embargo, el adjuntarle al fútbol un carácter de distracción (característica que, obviamente, posee al ser tan cercano a la mayoría de les argentines) es ocultar que el problema no reside en el juego sino, más bien, en cierta clase política que intenta meter mano a cualquier recurso a su disposición para distraer a la población (como si la democracia liberal no hubiera hecho poco ya contribuyendo a la despolitización de la gente) y hacer pasar frente a sus narices cuestiones muy sensibles como la reforma laboral o el artilugio usado por la vicepresidenta de la Nación en días pasados para dilatar el tratamiento final de la legalización del aborto en el Congreso. No es el fútbol: es el macrismo…Y, entre nos, si sabemos que hay algo que el macrismo nunca va a dar es pan (y para el circo ya tenemos a los programas televisivos que responden al oficialismo).

Lo que sí es cierto es que el fútbol, como toda actividad que se desarrolla en una cultura homofóbica, misógina, clasista, etc., resulta funcional y reproduce esquemas de desigualdad. Es interesante considerar el nivel de acercamiento que genera un futbolista en el sector popular y, a la vez, un cierto estilo en que se presenta como la obra más acabada del pensamiento capitalista y, por tanto, cercana a pocos: el que vino de abajo y logró el éxito (la falacia redactada por Marx en “La acumulación originaria”). Amalgama, en su figura, cierta cercanía de lo que somos en nuestra identificación con una pasión y, a su vez, un distanciamiento propio de una cultura que sólo es cercana a un grupo reducido y que se presenta como el futuro soñado para muches (¿quién nos obliga a soñar ese tiempo por venir?). Ciertamente no es el fútbol el causante de esto: intrínsecamente, un deporte supone una acción casi política de participación colectiva para lograr un objetivo. Si bien es cierto que no puede olvidarse que la competencia es un fin muy considerado en la actividad deportiva, habría que ver cómo se habita el significante “competir”: si desde el lugar de la competencia neoliberal desmedida que ve al otre como un enemigo, o desde la cercanía que “competir” tiene con “competere”, es decir, esforzarse con otres en una actividad que supone ser sensible a esa otredad que participa. Hay un registro coloquial del fútbol que suele caracterizarlo “en el potrero” y que pretende mostrarlo allí por fuera de esa lógica capitalista, pretendiendo en esa muestra un poder decir que el fútbol ha sufrido lo que sufre todo aquello que no es fútbol: ha caído presa de un sistema de valores que se edifica para potenciar las individualidades y el “triunfo personal”, es decir, cualquier acción muy lejana de aquello que podemos llamar “política”. Hay un conjunto de valores que se han apropiado de ciertas prácticas comunitarias y, silenciosamente, las han trocado en una forma que resulte funcional a su lógica. En el hacer futbolístico existe el casi imperativo moral de llegar a ser “exitoso” (resalto aquí el masculino porque parece que, para muchos, el fútbol femenino es una leyenda popular), es decir, formar parte de ese grupito que puede celebrar siempre mientras el resto de la comunidad padece la tristeza. El fútbol, en parte, se muestra como la simbología de una exigencia que se impone en todo reparo colectivo que termina siendo derrotado en favor de una ética individual que poco tiene de deportiva ¿Cómo se habita hoy lo comunitario, lo político, si cada encuentro supone una competencia?, ¿qué implica un disfrute colectivo si en ese triunfo se celebra un hacer que reproduce lógicas violentas?

Desde el fútbol se edifican formas de habitar la sexualidad (“el puto no juega al fútbol”) y se ejercita la norma (“¿cómo que no te gusta el fútbol?, ¿no me digas que sos puto?”) y, si bien es un lugar problemático por su difusión masiva (en el sentido de que reproduce esas lógicas con una gran llegada contribuyendo así a la creación de cierto tipo de subjetividades), lo cierto es que el fútbol no es el mal primero: es una de tantas articulaciones culturales que permiten considerar ciertas cuestiones neurálgicas que responde a exhibir lo que el resto de la cultura también padece: la homofobia, la misoginia, la heteronormatividad y demás cuestiones que hoy, por militancia y palabra, queremos modificar. La repolitización de los espacios supone criticarlos, dejarlos de habitar en su estado actual para poder generar nuevas formas de vincularnos. Estamos en un momento muy problemático de la política: se busca considerarla en un sentido peyorativo porque la moral del “yo” es lo que necesita el neoliberalismo (que ya de “neo” tiene muy poco). “Vaciar la calle”, eso es lo que se necesita para que un plan sistemático de despojo económico y social tenga resultado: hay, entonces, necesidad de alegría, necesidad de “llenar las calles”. Pero también es cierto que hay otras formas que generan disfrute más allá del fútbol, como la activa militancia y las marchas sociales que se están llevando a cabo y que no resulta para nada trivial su mala fama en el sentido común (parece que sólo un disfrute es permitido, un disfrute que ejercite las lógicas de la violencia). El fútbol se presenta como una pasión colectiva, pero también es colectivo todo lo que en el fútbol surgió como sintomatología. Generar nuevos espacios de goce es una gran tarea política que nos permite edificar identidades sociales y formas de cultura mejores que las lógicas violentas que hoy nos atraviesan. “Politizar al fútbol” es dejarlo de habitar en tanto y en cuanto esa “pasión futbolística” sea la irreflexión costumbrista de la violencia machista. Nos quedamos sin poder festejar un triunfo, cierto, pero podemos construir entre todes nuevas formas del disfrute, nuevos momentos de ruptura con la costumbre que permitan celebrar cosas mejores: un habitar la sociedad, un construir ciudadanías que no se correspondan con ejercer las lógicas del poder que queremos cambiar. En Agosto se viene, para Argentina, una fecha muy importante: se trata del paso final de la legalización del aborto en nuestro país. Ahí, creemos, hay una lucha que supone de esa re-politización necesaria para edificar nuevos placeres, nuevas alegrías populares que tomen a la independencia (fecha que se celebra sólo en lo referido al país, pero nunca en los cuerpos) como una forma de la libertad.

Hay dos distinciones en el vocablo lacaniano que prometen a la hora de considerar lo social: el deseo y el goce. Ambos conceptos no significan lo mismo, y podríamos decir que el disfrute de ambos se juega en esferas diferentes. El deseo apuesta a la autenticidad, al momento donde somos propiamente nosotres y que resulta siempre tan complicado poder leerlo, defenderlo y habitarlo. El goce, por el contrario, es el momento de pérdida de la libertad donde nos colocamos en un disfrute ajeno a nuestro deseo, simulamos un alegre estado no haciendo ni defendiendo lo que somos. Decidir cuál habitamos y cómo es todo un proceso donde se juega nuestra visión del mundo y les demás. El espacio del goce es ese lugar donde la libertad se finge, se simula la identidad y se esconde la verdad en un silencio que, en su afasia, es muerte. El deseo, por otro lado, siempre se juega en lo propio, en lo tan cuestionado para que no irrumpa en lo social normalizado y muestre lo precario de ese constructo imaginario… El deseo siempre jode. Hay, entre el deseo y el goce, tensiones. La libertad de querer hacer valer el deseo propio frente al goce del miedo y la costumbre cuenta con elementos punitivos que direccionan y violentan un disfrute imponiendo una forma de habitar el cuerpo y el deseo ya no propio.

Los debates en el Congreso, sumado a todo lo que pudimos escuchar muestra, de manera cabal, una postura seria y otra que tiene amplias flaquezas cuando no quiere mostrarse como lo que verdaderamente es: una visión religiosa que busca imponerse sobre la mujer. Hay dos líneas de discurso: una de ellas defiende el goce costumbrista católico, misógino y clasista. La otra defiende el deseo, la libertad sobre el cuerpo y el poder elegir un destino. El deseo, como suele decir la periodista Luciana Peker en su libro “Putita golosa”, siempre jode… Y si no es el deseo machista jode aún más. Sigamos, como tarea política, jodiendo en este Agosto y muchos Agostos más porque en ese “joder” se juega la libertad de toda la sociedad, se juega la independencia de les cuerpes… porque en ese “joder” se encuentra la potencia de dar inicio a nuevas formas de disfrute y alegría que nos permitan, en tiempos aciagos como estos, poder celebrar que hemos ganado todes, es decir, que ha vuelto la política.

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