El poder de la palabra

Por Julieta Panero.


“Cuando las cosas no tienen palabras para designarlas no forman parte del mundo humano”

Adela Cortina

El ser humano siempre se ha definido como un ser pensante. Su eficacia en la resolución de problemas, su forma de relacionarse entre pares y su capacidad para superarse constantemente es lo que lo constituye como la especie más desarrollada en el mundo. El pensamiento ha podido progresar al evolucionar las personas en conjunto; sin embargo, nunca fue universal, sino propio de cada miembro de la sociedad que integra. En un grupo siempre hay posturas distintas, ideas disímiles ante un problema y formas de obrar contrastantes que caracterizan los conflictos sociales que se han dado desde siempre. Ahora, ¿de qué depende nuestro modo de pensar sobre un tema, y por lo tanto nuestras futuras acciones? Múltiples teorías han señalado como principales delimitantes del pensar al grupo social de pertenencia, la educación o la crianza. Sin embargo, hay un factor condicionante del pensamiento que no parece, a mi entender, haber tomado la relevancia que merece: el condicionamiento del pensamiento por parte del lenguaje.

Varias han sido las investigaciones sobre la relación entre lenguaje y pensamiento, y son cada vez más las posturas que afirman una correlación, no directa, pero tan fuerte que ya es imposible negar su importancia. ¿Es nuestra forma de hablar la que refleja o quizás delimita aquello que pensamos?

El lenguaje es la pieza fundamental en nuestra diferenciación con la especie animal. En él confluye lo innato con lo adquirido, constituyéndonos en seres bio-culturales. Ya de bebés contamos con ciertos atributos de base biológica: el llanto y pequeños gestos como sonreír no nos han sido enseñados, sino que son generales a todo ser humano. De ahí en adelante todo es aprendido. Comenzando por el círculo familiar y luego extendiéndose al ámbito exterior, recibimos los códigos de significación que son propios de la sociedad a la que pertenecemos. Es entonces cuando adquirimos la fonética, sintaxis y semántica correcta según lo impartido por nuestro grupo social. Esta última y más importante, la semántica, hace referencia al sentido o significado de las palabras o signos lingüísticos. La unión entre significante y significado es la base del lenguaje, y no es universal ni fija. Varía dependiendo cada idioma, y también es sensible a mutaciones cuando la lengua se transforma por efecto del tiempo y la evolución de la sociedad.

Una vez mencionado el lenguaje como propio de la sociedad a la que pertenecemos, podríamos teorizar que, si realmente hay un condicionamiento entre lenguaje y pensamiento, a cada sociedad le correspondería un pensamiento particular. Pero, ¿cómo podríamos comprobar tales conjeturas? Una teoría muy significativa para este estudio fue la elaborada por Benjamin L. Whorf, llamada Teoría de la Relatividad Lingüística. Esta hipótesis bastante difundida establece que existe cierta relación entre las formas gramaticales de un grupo cultural y su forma de entender y conceptualizar el mundo. La concepción directa de esta relación, la cual dice que el lenguaje es un requisito esencial para el pensamiento, ha sido negada al demostrarse que incluso animales o bebés carentes aún de lenguaje pueden resolver situaciones cognitivas simples. Empero, ciertas investigaciones han dado cuenta de que nuestra forma de comunicarnos si afecta nuestra capacidad de conceptualizar y memorizar.

Un ejemplo dado por el mismo Whorf es el del pueblo indio americano Hopi. La lengua de este grupo social no posee tiempos verbales para referirse al pasado, y se ha demostrado que sus habitantes presentan dificultades para recordar eventos anteriores. Otra investigación fue hecha sobre hablantes del zuñi, lengua amerindia de Nuevo México, cuyo vocabulario no diferencia el naranja del amarillo. Pese a que quienes hablan el zuñi no tienen problemas al distinguir ambos colores, poseen una dificultad para recordar cada tonalidad. En el experimento se le mostraba a la persona investigada un objeto de color amarillo, y pasado cierto tiempo dos objetos iguales, uno amarillo y otro anaranjado. Cuando se le pedía identificar cuál de ambos colores se le había presentado anteriormente, mostraba problemas para recordarlo; problema que no experimentaron quienes eran hablantes de otras lenguas.

No sólo investigaciones empíricas son las que se enfocan en este tema. El psicoanálisis desde el comienzo ha mostrado enorme interés en el lenguaje, siendo este parte importante como motor de la terapia. Las personas estudiosas del psicoanálisis saben que una palabra puede marcarnos incluso en la formación de un síntoma. En un consultorio lo importante es analizar el lenguaje en su conjunto, no sólo lo que se dice sino cómo se lo dice, para llegar a lo más profundo de nuestros pensamientos. Reconociendo la influencia del lenguaje en la psiquis, Lacan por ejemplo conjeturaba que lxs japoneses no necesitaban del psicoanálisis debido a su idioma. Un idioma que según él, no permitía el proceso de represión verdadero. Sea cierto o no su planteo, se distingue fácilmente que las múltiples teorías que analizan el lenguaje siempre plantean algún tipo de relación con el pensar. Si el lenguaje es un medio para transmitir nuestra interioridad, entonces algo de esta puede verse condicionada por el vocabulario elegido.

Ahora, ¿cómo se aplica esto a la realidad? Mi interés surgió este año debido a un tema que toma cada vez más relevancia en la agenda actual: el polémico lenguaje inclusivo. Se escucha frecuentemente a quienes se muestran más renuentes a utilizarlo: “no cambia en nada decir todos o todxs”, “la igualdad no pasa por cosas tan mínimas como el lenguaje”, o “hay problemas más grandes”. Tales afirmaciones vienen del desconocimiento sobre la importancia que tiene la lengua para los demás procesos de la mente. Quizás muchxs se pregunten si realmente las teorías explicadas tienen validez o si sólo se demuestran en ciertos experimentos hechos en el pasado. Lo veremos a continuación.

Mi idea para comenzar este escrito surgió luego de la intensa discusión que se llevó a cabo hace poco tiempo: el debate sobre la legalización del aborto. Aquí confluyeron opiniones disímiles entre actores y actrices basadas en su postura asumida, ya sea esta conservadora, liberal, de izquierda, peronista o macrista, entre otras. Modos de pensar chocaron el día de la extensa jornada que se dio en la cámara de diputadxs, pero lo que más llamó mi atención: formas de hablar distintas. Como sabemos, el aborto legal es una exigencia del feminismo, que reclama el derecho de las mujeres a elegir sobre su cuerpo. Es importante entonces, al presenciar un debate sobre el aborto, analizar cuál es el lugar que se le da a la mujer en la discusión.

Escuchando nuevamente los discursos de lxs diputadxs que hablaron antes de la votación, observé cuáles de ellxs habían utilizado lenguaje inclusivo, o al menos lenguaje binario. Para poder confiar en las teorías antes mencionadas, debería descubrir una correlación entre quienes usan lenguaje binario y quienes consideran a la mujer en su discurso y su voto. En primer lugar, por parte de lxs 95 que votaron a favor de la ley y hablaron antes de la votación, más del 55% lo hizo en lenguaje binario (“argentinos y argentinas”, “diputados y diputadas”, “todos y todas”, “hombres y mujeres”, etc), y 44% en masculino o sin distinción. La diferencia no parece tan relevante, pero hay que aclarar que la necesidad de incluir a la mujer en lo legislativo no es tampoco el único argumento de quienes reclaman la legalización del aborto. El diputado Fernando Iglesias del PRO, por ejemplo, votó a favor de la ley y discutió usando lenguaje netamente masculino; sin embargo su discurso se apoyó casi en su mayoría en que la legalización era un paso que nos asemejaría un poco más a los países desarrollados que ya aprobaron la ley, y nos diferenciaría de países de Sudamérica y África, subdesarrollados, que no lo han hecho. En ningún momento hizo referencia a los derechos femeninos ni a la igualdad.

La diferencia más interesante se dio al analizar a lxs diputadxs que votaron en contra. En este caso, de lxs 78 que dieron discurso antes de la votación, más del 93% hablaron en lenguaje netamente masculino, y tan solo 5 diputadxs mostraron un lenguaje binario. En este punto es cuando debemos preguntarnos: ¿cuál de ambas posturas considera más a las mujeres a la hora de decidir su voto?

Es claro que no podemos generalizar que quienes usen el lenguaje inclusivo tengan causalmente una mirada igualitaria, pero sí señalar que hay una relación para nada débil entre ambos aspectos. Por ejemplo, en el partido Frente de Izquierda, que se consideró siempre feminista y reivindicador de los derechos de las mujeres, todxs sus diputadxs votaron a favor de la ley y usaron lenguaje binario. Otro ejemplo: el diputado Marcos Cleri del Frente para la Victoria, con la mención del “todes”, fue el único en toda la cámara en hacer uso del lenguaje inclusivo. Casualmente, fue de lxs pocxs en hacer referencia a la ley como un derecho no sólo para las mujeres, sino también para el resto de los cuerpos gestantes. El último dato a pensar es el del partido de nuestro gobierno actual, Cambiemos. Independientemente del voto que eligieron sus diputadxs, el 82% que habló antes de votar, lo hizo en lenguaje masculino; ¿refleja esto un desinterés en la igualdad y la inclusión?

Para concluir, este trabajo intentó exponer algunas de las tantas pruebas que tenemos sobre la relación entre lenguaje y pensamiento, y no intenta ser usado para efectuar afirmaciones ni reglas, pero sí para pensar y repensarnos. Como vimos, la lengua muta al evolucionar la sociedad, por lo que nuestro desarrollo y deconstrucción debería implicar inevitablemente un cambio en nuestra forma de expresarnos. ¿Cómo podemos considerarnos seres inclusivos si utilizamos un lenguaje que comprende únicamente al sexo masculino? Una buena forma de ser honestxs con nuestras afirmaciones es por medio de un modo de hablar que las acompañe en vez de contradecirlas: hablar de igualdad sólo será posible con lenguaje igualitario. Si queremos adquirir valores de inclusión hay que empezar por reflejarlos en el diálogo.

Todo comenzará por reconocerle el poder a la palabra y dejar de tenerle miedo a un nuevo lenguaje; sólo así se permitirá el cambio. Frente al rechazo e incomodidad que genera una “x” o “e” infiltrada, pensemos: todo objeto que venga a romper con nuestro status quo implicará una molestia. Si queremos entonces lograr la revolución tan buscada, debemos, juntXs, animarnos a molestar.

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